Querid@s amigo@s;

Hace unos días leía una frase que decía que “el amor había sido el opio de las mujeres mientras los hombres gobernaban” o algo así… Hoy reflexiono sobre eso y algunos temas relativos al amor, la palabra amor, una palabra que creo que se ha ido desvirtuando y mal entendiendo con El Paso de los años.

Hoy en día pocos sentimientos de amor puro y verdadero observo en parejas. De amor libre, de respeto y admiración, de compartir, de sumar y no restar. Amor sano en definitiva. Veo que se ha ido desvirtuando hacia otros sentimientos de posesión, de competencia, de libertades robadas… Donde vamos repitiendo los mismos patrones relación tras relación, como si la vida nos volviese a poner delante la misma lección, una y otra vez hasta que la aprendamos. Y lejos de aprenderla a la primera, solemos chocar bastantes veces con la misma piedra, hasta que se intensifica tu dolor. Es entonces cuando consigues salir de ti y empezar a analizar desde fuera. A comprender el porqué de muchas cosas, a comprender lo mal enseñados que hemos sido desde niños en temas de amor.

Iniciamos relaciones con grandes dosis de pasión, de buena voluntad, de dar todo y más, aunque eso te suponga anteponer a otra persona antes que tú, decir más veces su nombre al cabo del día que el tuyo propio. Recibiendo desde primera hora señales bastante evidentes de que no es un camino correcto. Señales que todos a tu al rededor ven, pero de nada sirve que te digan o te avisen y aconsejen, tú también ves esas señales pero decides que tú puedes llegar a ser la gran alma sanadora y cambiadora. Total, tú mismo has idealizado ese amor tan grande, no vas a tirar la toalla a la primera de cambios. Y continuas ese camino o ese trabajo tuyo hacía el cambio del otro, porque todo puede cambiar, todo puede mejorar y tú sabrás ser la lima precisa para todas esas puntas. Este sería el segundo error, el primero era ese, idealizar en tu cabeza la persona de la que te estás enamorando y que no existe nada más que en tu cabeza enamorada, loca y riesgosa. Nos encontramos así en relaciones tóxicas, y lo sabemos, pero ahí continuamos, porque la nuestra será la excepción que confirme la regla.

Conforme voy escribiendo me voy parando a reír. Y seguro que muchos de vosotros también, porque ¿a cuántos nos ha pasado algo así? Esas señales son cada vez más evidentes, de hecho te atreves a observar patrones familiares que encajan a la perfección, pero a la vez empiezas con los escudos, comienzas las falsas verdades absolutas, con las que iras poniendo parches a toda la relación, excusas baratas que no cuelan en ningún lugar nada más que en tu cabeza enamorada. “Tiene problemas, pero a pesar de todo sé que me quiere muchísimo, necesita ayuda, yo estaré aquí como escudo sobrehumano para salvar (lo insalvable), hace falta madurez, es muy inseguro de sí mismo, será cuestión de tiempo…”

Durante este camino, sin darte cuenta, comienzas a anular de tu vida muchas cosas, cosas que te gustan, personas, empiezas a ante poner, lo tuyo siempre puede esperar, a intentar agradar y complacer, así habrá menos momentos de cabreo y tensión… sigue pasando el tiempo y nada sirve, y eso te frustra aún más. Comienzas a ver cómo los momentos que deberían ser felices acaban siempre con una nota musical muy agria. Parece que las opiniones de tu alrededor, sobre cómo lo ven desde fuera, comienzan a tener más peso, aunque sigues con tu armadura de “salvador”. Sigues poniendo excusas a lo inexcusable, malos modos, insultos, cambios de humor inesperados, a callar tus opiniones para no salirte de su línea continua, ya que has comprobado que eso es grave, a tener que dar la razón siempre. Dejas de salir, dejas de ver a tus amigos, apenas hablas con ellos (porque ¿qué les vas a contar? ¿Lo que ellos ya saben?). De amigos en masculino, ni hablemos, eso es un tema prohibido, no sea que vayas a estar coqueteando con alguno… Comienzas a vivir la vida de otra persona, no la tuya. Pero piensas que quizás el fin justifique los medios y esto solo sea un duro camino que atravesar.

A pesar de las señales sigues dando pasos agigantados hacia la boca del lobo (ese lobo disfrazado con piel de cordero que tú tan idealizado tienes y que tanto tapas con excusas baratas), comienzas a sumarle a tu vida cosas, como matrimonio, hijos… (quizás con  algo de esto salga al fin un rayo de luz). Aun así para quienes te conocen de lejos, podéis dar la impresión de ser la pareja perfecta, algo que dista mucho de quienes realmente están cerca o, me atrevería a decir, de los que estaban cerca, porque poco a poco te has ido alejando de todo eso.

Lejos de cambiar, las cosas van a peor, aunque tú sigas excusándolo todo. Comienzas a vivir momentos que deberían ser muy bonitos, de una manera totalmente diferente, te sientes solo, sin apoyo… Ojo, ¿quién pretendes que te apoye? ¿Esa persona? Piensas que por estar embarazada el trato va a cambiar, y lo único que hace es aumentar y con un dolor más intenso por tus circunstancias. Continúan esos días de no hablar por no molestar y que se encienda la chispa sin haber cerillas, más insultos, más vejaciones… en días que francamente no te los puedes permitir por tu estado. Pero ya estás acostumbrada, detrás de cada tormenta viene la calma, una calma que no viene propiciada por un perdón o un lo siento, sino propiciada por un derrumbe emocional por la rabieta de colegial o parvulario. Qué pena ¿verdad? Es que tiene un problema, tú tienes que seguir fuerte sosteniendo el timón hasta la próxima borrasca. Y así van pasando los días, las semanas, los meses…

Y así van pasando los días, las semanas, los meses… acompañados de más borrascas intermitentes, borrascas que ya no te hunden más, no puedes, ya solo te hacen más fuerte. Y piensas en lo fatal que podría ser si todo esto te pillase más joven, más inexperta, sabes que sería mortal emocional y anímicamente. En casi todas estas borrascas, pasas días realmente duros, sola, por no contar lo que muchos ya se imaginan, por no escuchar esos ¿hasta cuándo más vas a aguantar esto?

La inestabilidad se vuelve dueña de tu vida, no solo la emocional. Te echan de tu casa, duermes varios días en hoteles sin saber muy bien sobre tu futuro y el de lo que llevas en la barriga, te dejan sola en cualquier sitio con otras personas, tras espectáculos donde rápidamente te tienes que recomponer y guardar el tipo, con una mirada de “estoy bien, puedo con esto y con más”, mientras las miradas que recibes de otros son de pena o lastima. Te das cuenta de que no hay admiración, sino celos, en todos los sentidos, profesionales, personales… ya no tienes esa luz propia con la que brillabas antes, esa que te gustaba y que pensabas que era de la que se había enamorado la otra persona.

A medida que sus inseguridades crecen te vas haciendo más pequeño, intenta que tú también tengas más inseguridades, acerca de tu físico, tu personalidad, tu profesionalidad… que no vales para mucho más. Suerte, que como decía antes, esto ha llegado a tu vida en un momento de madurez, no de adolescencia.

Si eres guapa, atractiva, querida, con éxito… son factores que enamoran a una mente y corazón grande, pero por el contrario eclipsan a los pequeños. Y llega el día, donde sigues actuando con normalidad, el papel que mejor se te da de cara a otros, tus amigos, tu familia, aunque todos saben y han presenciado cosas, tú sigues con tu gran papel de actor, y nace tu bebé. Ahí sí que te armas de valor y de convicción de que todas las tormentas han acabado. Ya hay un motivo muy grande. Pero no se hace esperar mucho la siguiente tormenta, ese bebé requiere de mucha madurez, de mucha atención de mucho dejar de mirar tu ombligo y comienzas con otras obligaciones.

Muchas noches sin dormir, que pronto descubres que solo tienes tú, porque si le sumamos la falta de sueño las borrascas pueden ser tornados y huracanes. Y llegan los huracanes, y te ves vacía y sola, con un bebe entre los brazos, sabiendo que aún debes de ser más fuerte y no te puedes permitir flaquear, tienes alguien más por quién luchar cada hora. Para no molestar sigues tú encargándote al 100% de todo. Para ti, que no duermes, no hay siestas o descanso, no hay momentos para ti, de desconectar.

Continúas tapando todo con una falsa depresión post-parto de cara a las personas que te quieren. Haciéndoles creer que todo está bien, porque también te preocupas de que tu alrededor no sufra al verte. Y siguen pasando los meses, pero esta vez con una rayo de luz muy potente, más que de luz, diría de energía: tu bebé.

Empiezan a ocurrir situaciones delante de eso que amas tanto, y llega el día que paras y analizas. ¿De qué me enamore yo? ¿Queda algo de eso o solo estaba en mi imaginación enamorada? Analizas y te miras al espejo, y ves que no eres tú, y que eso no se llama amor, por supuesto. Ves que hace mucho que ya no quedas con una amiga aunque sea para tomar un café, que tu lista de amigos tiene muchos nombres tachados y no por ti, que ya no haces las cosas que te gustaban, que incluso tu trabajo ya ha dejado de ilusionarte tras tantas opiniones negativas.

Ese día te plantas y dices: “hasta aquí, se acabó el dar la razón como los tontos, esta es mi opinión, mi apreciación, se acabó la línea continua, hay curvas guste o no, se acabó el complacer, se acabó el dar si lo que se reciben son patadas”… Y convocas una reunión urgente con tus amigas, las de verdad, esas que te quieren, apoyan y ríen contigo cuando tienen que hacerlo y lloran contigo también cuando es necesario. Te dan las fuerzas necesarias, te recuerdan quién eres tú y lo que vales. Con la coletilla de “espero que esto no sea una más, sino la definitiva, porque nosotras también sufrimos mucho”. Porque aquí si hay amor, y un amor muy sano, sin intereses, nacido desde el corazón (GRACIAS).

Y sigues analizando, sabes que no puedes seguir aguantando más la situación por mucho que te duela el tener que separarte de lo que más quieres en días o semanas, y más en un momento tan bonito como son los primeros meses de vida. Si antes era terrible aún lo es más cuando caes en conciencia de que sólo estar en presencia de esta persona, esta persona que te ha hecho tanto daño, hacer el papel y actuar como si todo siguiese igual por no separarte de tu bebé, eso puede llegar a ser realmente matador. Y entonces la persona que más te quiere, delante de la que más actúas, te abraza un día y rompe a llorar y te dice al oído muy bajito, que “no te aísles más, por favor, que tienes mucha gente que te quiere”.

Te montas en el coche, miras por el espejo retrovisor y tienes detrás sentados a las dos personas más maravillosas del universo, algo de tu creación propia, tu porqué, tu para qué, tu todo. Y mandas de una patada a la mierda todo con un buen golpe en la mesa. Ahora llegan otro tipo de acusaciones: “hay otro, eres más fácil que la tabla del 0, eres egoísta, ahora que empezaba a cambiar todo (quizás en otra cabeza, no en la mía), ¿ahora me destruyes?…” No, esto ya estaba destruido hace mucho, ahora ya no hay nada que enmendar o cambiar, ahora es el momento de irme con mi egoísmo y mi amor propio lejos, muy lejos!

Ya aprendiste la lección que quiso darte la vida. Empiezas a recomponer tu vida, a recomponerte tú. A recuperar todo lo perdido. Y te das cuenta que ahí está la felicidad, dentro de ti, no en ningún otro ser. En esa relación, tóxica relación, sobrabas tú, hacía falta otra persona más manejable, sumisa, alguien que no despertase sus inseguridades con destellos de luz propia. “Había demasiado pollo para tan poco arroz”, frase que escuché de una persona pura hace algún tiempo.

Qué bonito es cuándo empiezas a amarte a ti, a quererte a ti… ahora si analizas desde fuera, entiendes, comprendes y te perdonas a ti mismo. Dejas a un lado odio y rencor y empiezas a llenarte de amor, pero esta vez de un amor sano. Y todo empieza a girar y brillar de nuevo. A sumar y no a restar.

Leí una vez también un escrito sobre la capacidad de las mujeres para resurgir de las cenizas como el ave fénix. Así que ojalá este texto quedase simplemente como una reflexión y a veces dura lección de lo que es el amor y lo que no lo es. Pero si te identificas en cualquier peldaño, sea el que sea, quiérete, ámate y sonríele a la vida que es muy bonita y sal a encontrar el amor verdadero, pero amándote a ti primero, que es como te llegará el amor de verdad.